Dios restaura -Por Samantha Karrá
Lo que perdiste, Dios lo restituye mejor
por Samantha
Quiero contarte algo que me pasó cuando tenía dieciocho años. Había obtenido una beca para estudiar mi carrera universitaria en la Universidad de Loyola, en Nueva Orleans. Después de mucha ilusión, grandes esfuerzos, exámenes, una fiesta de despedida de parte de mi familia y todos los trámites de la visa, no llegué más lejos que a una cuadra de mi casa.
El día que todo cambió
Íbamos rumbo al aeropuerto cuando dos vehículos con los vidrios completamente polarizados nos interceptaron: uno se atravesó por el frente del carro, el otro por detrás, de modo que mi padre no pudo maniobrar. De cada vehículo bajaron cinco hombres enmascarados, con gorros tipo pasamontañas. Yo solo había visto algo así en las películas. No llevaban pistolas: llevaban metralletas, fusiles M16.
Con ese armamento nos sacaron del vehículo, nos condujeron un tramo hacia el aeropuerto y nos robaron todo lo que llevábamos: el dinero, los pasaportes, la maleta con la ropa que había empacado para seis meses, hasta una cadenita que llevaba puesta, que me arrancaron de un solo golpe. No nos quedó más que dar la vuelta y regresar a casa, y empezar a llamar a los bancos para suspender las tarjetas. Mis papás llamaron a la universidad para avisar que no llegaría ese día.
Después de unos días —unas semanas— de evaluar con mis padres lo que había pasado, y por otras circunstancias muy largas de contar, decidimos que quizás no era la voluntad de Dios que yo estudiara esa carrera, en ese momento, en ese lugar. Cambiamos de planes.
El peso de la pérdida
Al principio solo sentía gratitud de que no nos hubieran matado; el cambio de planes no me importaba. Pero, con las semanas, empecé a sentir el peso: la desesperanza, las preguntas. “Señor, ¿por qué? Señor, ¿cómo? Señor, no entiendo.” Sentí que había perdido tiempo, dinero, esfuerzo, y una oportunidad que quizás no volvería a tener en mi vida.
La vida es así muchas veces. Y cuando se tiene un diagnóstico de salud mental, esto puede suceder todavía más.
Cuando llegó el diagnóstico
Cuando fui diagnosticada con trastorno bipolar, me quejaba con Dios de la misma manera: “Señor, he perdido tiempo, he perdido dinero, he perdido relaciones, he perdido oportunidades, he perdido… mi reputación” —no por orgullo, sino porque se levantan los chismes y las teorías sobre lo que ha pasado.
Una de las cosas que perdimos cuando llegó mi diagnóstico fue nuestra droguería. Mi esposo y yo teníamos una pequeña droguería aquí en El Salvador, para distribuir una marca estadounidense de medicina homeopática. Invertimos años de nuestra vida y de nuestro dinero en levantarla. Pero entre las complicaciones propias del marco legal y comercial de mi país, y mi estado de salud, determinamos que lo mejor era cerrarla. Perdimos tiempo, dinero, oportunidades, el contrato con esa empresa —y podría contarte más pérdidas todavía.
Te cuento todo esto para que pienses en lo que tú le has estado reclamando al Señor —o quizás no reclamando, pero sí preguntándote por qué— con ese sentimiento de desesperanza. Sentir que ya perdiste los mejores años de tu vida. Sentir que ya no hay nada que puedas hacer, que ya lo arruinaste.
No sé qué cosas has perdido tú, que le has estado haciendo el inventario al Señor últimamente. Y Dios te quiere hablar.
La promesa que lo cambia todo
Pero el Señor es fiel. Si tienes a Jesús en tu corazón, si eres hijo de Dios, quiero recordarte las palabras del profeta Joel:
Joel 2:25 (RVR1960)
“Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.”
El Señor está dando una promesa. Cuando estamos en Cristo, no nos rigen las leyes de este mundo. Estamos en las manos de un Dios sobrenatural: un Dios que restaura. Y no lo digo yo —lo dice Su Palabra.
Con los años, también volvía a mi mente:
Romanos 8:28 (RVR1960)
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”
Esto no se queda como una abuelita diciendo “te di dos nalgadas, pero es por tu bien”. No es eso. Dice “a los que conforme a Su propósito han sido llamados”: nos acerca al propósito que Él tiene para nosotros.
Lo que Dios ya tenía preparado
Si me hubiera ido a estudiar a Nueva Orleans en aquel tiempo, muy posiblemente habría caído en problemas más serios —quizás diagnósticos duales. Yo no sabía todavía que tenía trastorno bipolar, y habría estado viviendo prácticamente sola, en una ciudad donde abundan las sustancias para hacerse adicto. No sé qué habría pasado. Hoy pienso que el Señor me protegió.
Pero no solo eso: si no me hubiera quedado, no habría conocido a mi precioso esposo, Miguel. Y si no hubiera conocido a Miguel, no tendría a mis hermosísimos hijos, a quienes amo con todo mi corazón: Samanta, de diecinueve años, y Gabriel, de quince. En Sus propósitos estaba que yo conociera a mi esposo, tuviera mis hijos, y que juntos tuviéramos un ministerio para jóvenes en una iglesia aquí en El Salvador, ya por más de veinte años, por gracia de Dios.
Lo mismo con el trastorno bipolar: sí, tuvimos pérdidas económicas; sí, tuvimos que cerrar la droguería. Pero cuando veo lo que el Señor ha hecho —que no solo me regaló mi sanidad, la remisión de los síntomas de mi trastorno bipolar, sino que hoy me permite servir en Fresh Hope y llevar esperanza a todos los países de habla hispana— entiendo que Sus planes eran más grandes que los míos.
Hay un pensamiento que llegó a mi mente hace años, en inglés, y aunque no recuerdo la cita exacta, lo traduzco porque lo llevo grabado: “Cuando veo el tamaño de los planes de Dios, caigo de rodillas y alabo al Padre.” Jamás hubiera podido imaginar que el Señor permitía que la droguería cerrara porque tenía algo más cercano a Su corazón, más cercano a Sus propósitos para mi vida. Y no nos falta nada, gracias a Dios.
Perdí tiempo: el Señor lo ha redimido. Perdí relaciones: el Señor me ha dado relaciones nuevas, con las mismas personas y con personas nuevas, por montones. Perdí dinero, oportunidad: el Señor ha puesto oportunidades que me acercan a Su propósito.
Cuando Dios restaura algo, no solo lo regresa a su estado original: lo regresa a un estado incluso mejor que el original.
No sé qué momento estás viviendo mientras lees esto. No sé si has dicho: “ya perdí mucho tiempo, ya no puedo volver a intentarlo”. Si estás con el “hubiera” —“y si tal cosa”, “y si no hubiera”— el Señor te quiere recordar hoy: Yo restituyo. Yo redimo el dolor.
Agárrate del Señor. Ora a diario. Créele cuando dice: “Yo restituiré.”
Gracias por acompañarnos. Que Dios te bendiga.
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