El hombre que no quería volver a casa - Por: Silvia Cardona Sicard

 




El entró a mi oficina; estaba a 10 minutos de salir de mi horario de trabajo. Y solo me dijo: — No sabe la pereza que me da llegar a mi casa.

 Ahí supe que ese día saldría un poco tarde.

 

Se trataba de un señor mayor, de la tercera edad; no era un adolescente rebelde, pero, en últimas, también podría haberlo sido.

Su esposa había fallecido hace unos dos años, en una casa mas grande que esa oficina, pero su lugar seguro en ese momento fue mi oficina.

No estaban allí sus rutinas, ni su comida de siempre, ni su cómodo sofá, ni sus libros… Solo necesitaba un lugar donde quedarse un momento y alguien que lo escuchara.

 

Con tres hijas que, por la razón que sea, no iban a visitarlo, se remontó hasta la época de su nacimiento, quizás comparando su infancia con aquellas “infancias” que cuidó y vio crecer hasta desaparecer de su vida.

Sentí compasión y ternura. Y, en un lugar profundo, vi a mi padre y pensé:  yo nunca voy a dejar solo a mi papá; me ha dado más de lo que un papá debiera dar y aquello que no ha podido dar, con creces lo superó.

Pero bueno, callaba mi voz y solo escuchaba.

 

Intenté dar valor a sus esfuerzos y sacrificios. Le dije —no sé si me creyó, no sé si realmente me escuchaba; el solo necesitaba ser oído— que arriba en el cielo hay un Dios que cuida de él, que recompensa su trabajo de toda una vida. Que no está solo.

Aún espero que alguna de esas palabras haya encontrado un lugar en su corazón.

 

Evidentemente salí tarde, y llegué sobre el tiempo para una reunión familiar de trabajo. Si, soy bendecida de tener reuniones de trabajo familiares. 

Ese día, todos queríamos hacer algo distinto: comer algo, salir a algún lado, cambiar la rutina.  Pero, como siempre, todos queríamos algo diferente.

Hablábamos al tiempo, proponíamos, descartábamos… Y, como suele pasar, nos tardamos más en decidir qué hacer que en la reunión misma.

 

En medio de ese pequeño caos, entre risas e impaciencias, de forma jocosa, les dije

—¿Cuándo se van a ir a vivir solos?

Fue un comentario ligero, casi automático. Pero algo en mí se detuvo después de decirlo.

Porque esa frase me llevó de nuevo a él. Aquel papá, esposo, hijo, que quizás muchas veces dijo — en broma, en cansancio o en desesperación—: “Cuando estaré solo” y que hoy se pregunta, “Porque estoy solo”.

 

Cuan difícil es hallar complacencia. Comprender la justicia de la vida, o injusticia.

Cuan difícil es aceptar que no tenemos el control y soltarnos en manos nuestro papá Dios y vivir en aceptación.

Poder decir, como el apóstol Pablo: “he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”.

Creo que la vida se haría un poco más fácil si pudiéramos, con sabiduría, decir estas palabras desde el corazón, con la verdad de nuestro sentir, con la paz que pueden dar a un corazón agotado.

 

Ese día, la lección para mí fue: disfruta esas indecisiones y conflictos; al final, son fruto del amor por querer compartir con quienes Dios te ha dado el privilegio de estar en ese momento.

Que cuando esté sola, pueda disfrutarlo; y si la soledad intenta agobiarme, recordar que no estoy sola, porque Dios siempre está conmigo.

Que siempre pueda repetir las mismas palabras del apóstol Pablo.

“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”.

Filipenses 4: 11-12


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